En estos cuadros, la investigación técnica se apoya en búsquedas lineales y cromáticas que desarrollan pinceladas rápidas y expresionistas; fundidas con otras estrategias pictóricas que incluyen también texturas y densidades, manchas y campos de luz. Esta figuración, que podríamos llamar de lírica, se apoya conceptualmente en la realidad antes que en la ficción; mediante argumentos que parecieran detenerse en la comprobación de hechos vivenciales de niños y niñas, a través de un guión visual que intenta explicar sus relaciones emocionales, el juego o el descubrimiento de la vida.
En estas frescas situaciones se logran expresar atributos infantiles como la inocencia, la creatividad, la alegría y la vulnerabilidad que la pintora capta y obtiene inspirada tanto en experiencias familiares como en las de la realidad social que tiñen de cierto costumbrismo a esta obra.
Simbólicamente, la infancia es una representación de lo futuro; también puede asociarse como atributo de lo simple y génesis de la fuerza en formación, o como la mezcla entre lo inconsciente y lo conciente. En estas imágenes podría presentirse, quizá por la asociación devocional a la figura del niño, a la futura heroína o héroe en potencia que liberará al mundo, o al encargado/a de enseñarnos la sabiduría.
Como analogía del niño, la “edad de oro” corresponde a un mito fundador de los orígenes sobre la edad o fase primigenia del hombre, una interpretación simbólica atribuida a la filosofía aristotélica. Este pensamiento inculca los valores áureos o semi-divinos del infante, en la cual la naturaleza lo colma de regalos y la ignorancia del mundo le protege de sus problemas.